Declaración de Fe, Seminario Teológico de Fuller

Bajo Dios, y sujetos a la autoridad bíblica, la facultad, gerentes/administradores, y síndicos del Seminario Teológico de Fuller dan testimonio conjunto de los siguientes artículos, a los cuales se subscriben, consideran esenciales para su ministerio y asumen como fundamento sobre el cual se basa el seminario.

I. Dios se ha revelado a sí mismo como el Dios que es vivo y verdadero, perfecto en amor y justicia en todo su obrar, siendo uno en esencia y existiendo eternamente en las tres personas de la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

II. Dios, quien se da a conocer a la humanidad por medio de su creación, ha hablado salvíficamente a través de las palabras y los eventos de la historia de redención. Esta historia se cumple en Jesucristo, la palabra encarnada, quien se nos ha dado a conocer por medio del Espíritu Santo en las Sagradas Escrituras.  

III. Las Escrituras son parte esencial y registro fidedigno de esta auto-revelación divina. Todos los libros del Antiguo y Nuevo Testamento, dados por inspiración divina, son la palabra escrita de Dios, la única regla infalible de fe y conducta. Ellos deben de ser interpretados de acuerdo a su contexto y propósito y en reverente obediencia al Señor quien habla a través de ellos con poder vivo.

IV. Dios, por medio de su palabra y para su gloria, creó libremente al mundo de la nada. El hizo al hombre y la mujer a su misma imagen, como la corona de la creación, para que tuviesen comunión con él. Tentados por Satanás, ellos se rebelaron en contra de Dios. Estando alejados de su creador, pero aun siendo responsables delante de Él, se convirtieron en sujetos de la ira divina, depravados en su interior y, a no ser por gracia, quedan incapacitados para regresar a Dios. 

V. El único mediador entre Dios y la humanidad es Cristo Jesús nuestro Señor, el eterno hijo de Dios, quien, concebido por el Espíritu Santo y nacido de la virgen María, compartió y cumplió plenamente nuestra humanidad en una vida de perfecta obediencia. Por medio de su muerte en nuestro lugar, reveló el amor divino y ratificó la justicia divina, removiendo nuestra culpa y reconciliándonos con Dios. Habiéndonos redimido del pecado, al tercer día se levantó corporalmente de la tumba, victorioso sobre la muerte y los poderes de las tinieblas. El ascendió a los cielos, a la diestra de Dios, desde donde intercede por los suyos y gobierna como el Señor de todas las cosas.

VI. El Espíritu Santo, por medio de la proclamación del evangelio, renueva nuestros corazones, persuadiéndonos a arrepentirnos de nuestros pecados y confesar a Jesús como el Señor. Por medio del mismo Espíritu somos guiados a confiar en la misericordia divina, por la cual todos nuestros pecados son perdonados, justificados solo por la fe en los méritos de Cristo nuestro Salvador, y se nos concede el regalo gratuito de la vida eterna.

VII. Dios, por su gracia, nos adopta en su familia y nos permite llamarle Padre. Al ser guiados por su Espíritu, crecemos en nuestro conocimiento del Señor, guardando sus mandamientos libremente y procurando vivir en el mundo de tal manera que todos puedan ver nuestras buenas obras y glorificar al Padre que está en los cielos.

VIII. Dios, por medio de su Espíritu y su Palabra, crea la única Iglesia santa, católica y apostólica, llamado a los pecadores de toda la raza humana a la comunión en el cuerpo de Cristo.  Por medio del mismo Espíritu y la misma Palabra, Dios guía y preserva eternamente a esta nueva humanidad redimida, la cual, siendo formada en cada cultura, es espiritualmente una con el pueblo de Dios en todas las edades.

IX. Cristo llama a la Iglesia a ofrecer adoración aceptable a Dios y a servirle por medio de la predicación del evangelio y el hacer discípulos de todas las naciones, por atender a la grey a través del ministerio de la palabra y los sacramentos y el cuidado pastoral diario, por luchar por la justicia social y por aliviar el dolor y la necesidad humana.

X. El propósito redentor de Dios será consumado cuando Cristo regrese a levantar a los muertos, a juzgar a todas las personas de acuerdo a las obras hechas en el Ccuerpo, y a establecer su glorioso reino. Los malvados serán separados de la presencia de Dios, pero los justos, en cuerpos gloriosos, vivirán y reinarán con él por siempre. Entonces se cumplirá la anhelada expectativa de la creación y toda la tierra proclamará la gloria de Dios quien hace nuevas todas las cosas. 

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